
Jueves 22 de enero de 2009
Editorial II
Llamas en la Reserva Ecológica
En muy escaso tiempo se han producido dos incendios importantes en ese espacio verde que recibe a muchísimos visitantes
Jueves 22 de enero de 2009 |
Publicado en edición impresa
EL enésimo incendio de la Reserva Ecológica y Parque Natural de la Costanera Sur se ha producido hace pocos días. No fue el primero de la actual temporada veraniega y esa reiterada periodicidad basta y sobra para inferir que tales siniestros (más de 300 en la existencia del predio) no son únicamente provocados por el azar o la actual sequía.
Hace algo menos de 30 años nadie consultó a los porteños para rellenar el extenso embancamiento que, so pretexto de un proyecto urbanístico jamás iniciado, los despojó de la Costanera Sur, aquel lugar de recreo al cual concurrían en forma masiva para aliviar los rigores veraniegos o para disfrutar del sol que les permitía mitigar la frialdad del invierno. Ahora, los detractores de la Reserva tampoco tienen en cuenta esas opiniones -"Construyan dentro de ella sin aviso previo y después no habrá quejas que valgan", dejó asentado por escrito un empresario con intereses próximos-, llegado el momento de formularle planes para otros destinos más redituables: por ejemplo, desde un parque "civilizado" hasta un helipuerto, un campo de golf, una marina o una autopista.
Sin embargo, la fisonomía actual de esa obra de la naturaleza interesa, y mucho, a los visitantes que a ella concurren. Sin ir más lejos, el último y reciente incendio obligó a evacuar a muchos paseantes e incluso a dar aviso de que, era obvio, no se efectuaría la visita nocturna para la cual se habían inscripto tres centenares de interesados. Maltratada por la desaprensión de los maleducados que la toman por un basural, aun con señales de las heridas sufridas en otras quemazones y golpeada por la sequía, nuestra Reserva Ecológica, situada a no más de diez minutos de la Casa de Gobierno y a pocas cuadras del Centro, sigue dando pie al afecto de quienes la han sabido y la saben valorar tal como es.
Pero ya que en casi tres décadas ha seguido más o menos indemne, manos anónimas tratan de convertirla en pasto de las llamas de manera tal que, arrasado, el embancamiento sirva para otras finalidades. Puede que algunos de esos incendios hayan sido accidentales, mas muchos otros -hubo funcionarios que así lo atestiguaron- fueron intencionales. La perversidad en este particular sentido es incansable y ha logrado poner en jaque las metodologías de prevención y extinción que desde un tiempo a esta parte fueron instaladas dentro de la Reserva para hacer frente a sus depredadores piromaníacos.
A la luz de esta dura realidad, daría la impresión de que lo hecho todavía no es suficiente para librar a la Reserva del flagelo de los incendios. Es probable que una vigilancia más rigurosa sirva para permitir la captura de algún o algunos incendiarios e iniciar una investigación a fondo que tornase factible deslindar instigaciones y responsabilidades, y penalizar a los unos y los otros, si así lo determinase la Justicia.
Tal vez por esa vía se acabarían los incendios, que no sólo amenazan la integridad del parque natural, sino que ponen en peligro a sus concurrentes. Y así la Reserva Ecológica, con cuanta mejora pudiese requerir, aunque sin perder su condición agreste, podría seguir siendo un atractivo singular ciertamente infrecuente a la vera de una gran metrópoli.