Recobrando paraísos
Por Sonia Berjman
Para LA NACION
Miércoles 29 de agosto de 2007 | Publicado en la Edición
impresa
“Es el jardín de Dios, es su escogida morada.
(...) Flores y frutas todas celestiales, dignas de aquel divino
Paraíso. (...) No ven allí los ojos encantados
más que una variedad de admirables perspectivas, deliciosas
campiñas, arboledas, verdes prados. (...) Mi justicia
y mi piedad, dice el Padre Eterno, han decidido la suerte de
los hombres: deben, desterrados, salir de este florido edén
en que aún habitan. Que se lleven consigo su impureza
y su quebranto...”
John Milton escribió El Paraíso perdido (Paradise
Lost) en 1667. Cuatro años después escribió
El Paraíso recuperado (Paradise Regained). El escritor
inglés estaba poetizando sobre un tema ancestral ya incluido
en el Antiguo Testamento: la partida del hombre (y de la mujer)
del Jardín de las Delicias por haber pecado. Desde siempre,
entonces, tuvo el ser humano la necesidad de contar con jardines
terrenales que le sirvieran para redimirse de aquella culpa
original.
Pero, ¿de qué estamos hablando cuando hablamos
de paraísos y jardines?
“Paraíso” deriva de “pairidaeza”,
palabra iraní con la que los persas designaban un cercado
circular que encerraba los jardines reales de plantaciones ordenadas.
Curiosamente, “jardín”, derivado de las
lenguas nórdicas, sajonas y francas, también designa
un sitio cercado. Modernamente se utiliza esa expresión
para designar un espacio arreglado que incluye una variedad
de vegetales cuya disposición, cultivo y mantenimiento
obedecen a intenciones de refinamiento.
Más aún: “parque”, que deriva del
galorromano, indica un terreno cercado, pero en su origen éste
era salvaje, con la flora y fauna originales. Con el tiempo,
la palabra perdió esa connotación y se aplicó
a un vasto jardín público y/o privado.
Una plaza es también un ámbito cerrado, pero
por las construcciones que la circundan, y sus entradas y salidas
son las calles que la conectan con el resto del tejido urbano.
Servía en tiempos coloniales para las ferias, mercados
y fiestas públicas. Hoy, una plaza porteña es,
más propiamente, el jardín de un barrio.
Al eliminar los cercados –materiales o simbólicos–
los jardines se vuelven espacios verdes públicos.
Cuando decimos que un jardín debe conservar el aspecto
de la naturaleza no se debe creer que se trata de una copia
exacta de las cosas que nos rodean: un jardín es una
obra de arte, nos enseñó Adolphe Alphand. Y Edouard
André agregó: “Es de la unión íntima
del arte y de la naturaleza, de la arquitectura y del paisaje,
que nacerán las mejores composiciones de jardines que
el tiempo nos brindará depurando el gusto público”.
Un jardín es una obra de arte, pero una muy especial.
Realización conjunta entre el hombre y la naturaleza,
utiliza una materia biológicamente viva y, por ende,
siempre cambiante. Cambia con las horas del día, con
los meses del año, con el día y la noche, con
las floraciones o las pérdidas de follaje... pero lo
que más influye en ellos es la significación que
nosotros, sus felices usuarios, les otorgamos con nuestras acciones
cotidianas. Cuando somos niños jugamos en las hamacas,
de escolares nos escondemos de una rabona, de adolescentes soñamos
nuestro primer amor, de jóvenes volvemos a jugar con
nuestros hijos, de ancianos reencontramos la amistad. Así,
la plaza y el parque nos acompañan en nuestra vida con
su propia vida, con su propio nacer, crecer, reproducirse y
morir, como nosotros.
Pero esa vida plasmada y latente, esa fuerza y esa energía,
son –paradójicamente– también su debilidad.
Es el patrimonio cultural más frágil, más
permeable a los daños irreparables, a la muerte. Si demolemos
un edificio, puede ser reconstruido en unos años; si
destruimos un jardín y derribamos sus árboles
deberemos esperar 30, 80 o 120 años para que adquieran
el porte anterior.
El paisajista es también un artista muy especial. Nunca
verá su obra terminada, pues no termina nunca, sólo
transcurre en el tiempo. Y debe ejercitar la imaginación
futura para pensar cómo será su creación
dentro de una, dos o tres generaciones. Es que el arte del jardín
es un arte de sucesión en el que la cuarta dimensión
tiene su sitio preferencial.
La percepción y el goce del arte del jardín son
también especiales. No debemos ir a un museo para encontrarnos
con él, no debemos pagar una entrada, pues está
ahí, al alcance de la mano, en la cotidianidad de nuestras
vidas. Lo cruzamos al dirigirnos a la parada de un transporte,
para ir a la escuela, para tomar un atajo... hasta para hablar
por teléfono. Y es tal vez por eso, por su facilidad,
por su disponibilidad, por no pedirnos nada, que muchas veces
ni siquiera los registramos en la trama ciudadana. Nos llama
más la atención un edificio que se demuele que
un parque ilegalmente ocupado, mal mantenido, del que se ha
abusado o que ha sido atropellado por bustos de oscuros héroes
que no nos dicen nada.
¿Por qué a la Gioconda la cuidamos con un vidrio
de seguridad y un guardia permanente? ¿Por qué
no la teñimos de rubio y le colocamos aros hippies? Obvias
respuestas. Entonces, ¿por qué no cuidamos nuestros
jardines públicos, nuestros oasis de relax en el desierto
construido, nuestros paraísos colectivos? ¿Por
qué no respetamos los diseños originales de grandes
paisajistas? ¿Por qué no conservamos, restauramos
y mantenemos este patrimonio cultural por antonomasia que nos
ha sido legado por generaciones anteriores? ¿Por qué
no respetamos su naturaleza y su identidad? ¿Por qué
no cuidamos ese patrimonio económico que tanto esfuerzo
demandó construir? ¿Por qué no protegemos
legalmente a la mayoría de nuestras plazas y parques
en su carácter de históricos?
Esos paraísos están ahí. Son nuestros,
nosotros los hemos pagado, mantenido, abandonado, querido, frecuentado
o ignorado. Debemos conocerlos para quererlos y cuidarlos y
poder, entonces, disfrutarlos. Nos los merecemos.
Esta es una tarea común de gobernantes y vecinos. A
la ciudad la hacemos todos sus habitantes y todos tenemos nuestros
derechos y nuestras responsabilidades. Debemos desterrar el
no te metás, el vandalismo, y enseñar –como
lo predicaba el gran Sarmiento– que cultivar un parque
es también cultivar nuestro espíritu y nuestro
conocimiento.
Los jardines públicos son escuelas de democracia, de
participación, de conjunción natural-cultural.
No los desaprovechemos. No tiremos por la borda la inversión
monetaria, artística y botánica que representan.
El 10 de diciembre de 1948 las Naciones Unidas proclamaron
la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Entre
otros, se especifica que toda persona tiene derecho al disfrute
del tiempo libre y a gozar de las artes. ¿En qué
otro lugar lo podemos lograr mejor que en un jardín público?
El próximo 10 de diciembre, una nueva administración
tomará las riendas de la ciudad por cuatro años.
¿Podremos todos juntos recobrar nuestros paraísos?
Esperemos que podamos emular a Milton.
La autora es licenciada en Historia del Arte y doctora
en Filosofía.