LA 0.3
La invasión de las torres
En una ciudad como Buenos Aires, de baja densidad poblacional,
no tiene sentido la construcción de viviendas de lujo
en altura. En cambio, hay que invertir en la rehabilitación
integral de los barrios.
FRANCISCO P. RAMOS-MARRAU. arquitecto y urbanista.
Hay torres que son piezas arquitectónicas muy interesantes;
estéticamente hablando son una buena recreación
morfológica. También tienen, a partir de cierta
altura, para quienes las visitan o viven en ellas, una vista
privilegiada del entorno. Esas visuales, si la torre está
enclavada en puntos estratégicos de la ciudad, puede
ser fascinante. La ciudad bien compensada podría tener
determinados espacios para estas esculturas que son una maravilla
para los ojos. Invadir la ciudad con torres es otra cosa.
Tener emplazamiento para estas piezas especiales daría
lugar a concursos que habilitarían a muchos artistas/arquitectos
a expresar sus dotes. Una Sagrada Familia, de Gaudí,
que tiene más de 120 metros de altura, no es una vivienda,
e independientemente de su uso específico, el de iglesia,
siempre se la va a considerar como una escultura. Pero centenares
de sagradas familias aburrirían, taparían la iluminación,
no serían piezas especiales, sino una realización
de mal gusto.
Se ha naturalizado la idea de que las torres de vivienda son
signos de modernidad, ayudan a solucionar el déficit
de vivienda ante la escasez de suelo, y de que sus emplazamientos
generan mayor actividad en su entorno.
Hay pocos lugares en el mundo en los que está ocupado
todo el suelo, hasta cuatro o cinco alturas. En estos sitios,
construir torres para acoger a los habitantes necesitados de
un hogar es una obligación. ¿Cómo hacen
para vivir en Alemania 80 millones de habitantes prácticamente
sin rascacielos? ¿Y en Gran Bretaña, Italia, o
Francia, con sus aproximadamente 60 millones cada uno? Todos
estos países, como se sabe, tienen una superficie promedio
comparable a la de la provincia de Buenos Aires.
En nuestras ciudades, eso es notable. Es un país despoblado,
con baja densidad poblacional, con una superficie inmensa, casi
la superficie de Europa. La ciudad argentina es aún de
casas bajas de una y dos plantas. Por la carencia de planificación,
criterio y normativa relacionada, encontramos un porcentaje
bajo pero significativo de edificaciones de más altura,
que afean el paisaje, salpicadas entre el amanzanamiento de
la ciudad.
El espacio libre, entre el salpicado de edificaciones altas,
es enorme, son millones de metros cuadrados, que sumados al
suelo urbanizable programado, que debería tener todo
Plan Urbano Estratégico, son la reserva necesaria para
ser utilizada en los casos de necesidad colectiva, como una
gran inmigración a la ciudad que elevara la densidad
poblacional. O una operación de saneamiento urbano, como
podría ser un reservorio, que afectara a una parte significativa
de la ciudad y, que no es el caso en la centralidad metropolitana.
Con tantos metros cuadrados disponibles, el espacio verde tendría
la misma importancia que las redes de infraestructura de servicios,
que son vitales en toda ciudad. Los espacios públicos,
los espacios verdes, los locales comerciales y las vías
de tránsito con sus peatonales son los que generan las
centralidades de la ciudad y la actividad correspondiente.
La invasión de torres, no la escultura, trae mucha gente,
y muchos autos a los que hay que darles servicios. Y en el paquete
de los promotores viene el shoppping, en muchísimos casos,
quizás en la mayoría, sin lugar para dejar los
vehículos. La mayor actividad en el área de las
torres se da fundamentalmente a través del centro comercial
para esos nuevos vecinos, y los del entorno inmediato, pero
como consumidores del centro comercial. Es muy raro que en estas
áreas se genere una actividad económica, cultural
y social, fuera del centro comercial.
La construcción de viviendas vip, en torres y centros
comerciales para consumidores de alto nivel económico,
particularmente emplazadas en zonas deprimidas, contrasta con
el déficit de viviendas en la ciudad de Buenos Aires
y la capacidad de consumo del 80% de la población. Número
redondo, pero que incluye a un 30 o 40 % de pobres, con trabajo
precario, o desocupados y, un 40 % que tienen el sueldo muy
controlado para cubrir el mes y con poca o ninguna capacidad
de ahorro.
La preocupación y ocupación útil del Estado
y los actores que intervienen en la desequilibrada y caótica
ciudad actual tendría que estar dirigida a invertir y
planificar la rehabilitación integral de los barrios
y resolver el vergonzante sistema de transporte. No en el abandono
de la ciudad y en presentar determinadas intervenciones especulativas
como triunfos urbanos, cuando son, lisa y llanamente, grandes
negocios de muy pocos individuos.
Estas acciones inmediatas no entorpecerían para nada
el desarrollo urgente y riguroso del un Plan Urbano Ambiental,
que necesita tiempo de elaboración y que hay que empezar
ya. Y que no tiene nada que ver con ese documento elaborado
por el COPUA, presentado por el Ejecutivo a la Legislatura,
que potencia la aplicación del descontextuado y cuestionado
Código de Planeamiento Urbano.