Sábado 16 de junio de 2007
Los intelectuales y el país de hoy
"Hay mucho descuido y desprecio por los
espacios verdes"
Lo afirma la doctora Sonia Berjman, especialista en preservación
de parques
El verde de su jardín invita a una conversación
reposada. Sonia Berjman hace de cicerone y explica la historia
de cada planta. Está en su tema, el que ha abordado en
decenas de libros de consulta obligada para quienes se interesan
y preocupan por ese otro patrimonio, tal vez menos mencionado
que el artístico o arquitectónico: el de los parques,
los jardines y el paisaje.
“Hay descuido y desprecio por los espacios verdes en
las grandes ciudades. Falta continuidad en las políticas
y cada nuevo funcionario juega a ser Dios. La degradación
de los espacios verdes refleja la degradación de la sociedad”,
dice Berjman, que llegó a su especialidad, en la que
es referente obligada, desde la historia del arte.
A la hora de proponer una investigación para la tesis
de su doctorado, en la Universidad de Buenos Aires, decidió
concentrarse en esos espacios omnipresentes en la vida de todos
los ciudadanos y, sin embargo, hasta ese momento ignorados por
los estudios académicos: las plazas.
Doctora en historia del arte también por la Universidad
de la Sorbona, Sonia Berjman ha dirigido trabajos de investigación
sobre cuestiones de su especialidad para prestigiosas instituciones
públicas y privadas en el país y en el extranjero;
ha sido investigadora del Conicet y es habitual conferencista
invitada en universidades de la Argentina, Francia, Colombia,
Uruguay, España, Estados Unidos y Bélgica. Autora
de un centenar de publicaciones sobre historia de la arquitectura,
de la ciudad y del paisaje, es vicepresidenta del Comité
Científico Internacional Paisajes Culturales de Icomos-Ifla,
el consejo internacional de arquitectos paisajistas.
-¿Está bien cuidado el patrimonio verde urbano
de los argentinos?
-Nos faltan políticas de conservación y de ampliación
de los espacios verdes. Grandes parques, como los de Tucumán,
Córdoba y Mendoza, y el de Palermo, por ejemplo, han
sido en buena medida devastados por diferentes motivos. El peor
de todos son las concesiones. Pistas para aprender a conducir,
clubes, confiterías, restaurantes, producen la desintegración
y atentan contra los espacios verdes. Yo no sé si están
bien o mal hechas las concesiones, pero no deberían existir.
Un parque como el Tres de Febrero tenía 400 hectáreas
y hoy tiene menos de cien hectáreas de espacio público...
-Las ferias, los puestos de artesanos y la actividad de los
vendedores ambulantes invaden los espacios públicos.
¿Aprueba la actitud oficial ante el fenómeno?
-Es otro de los tantos errores que se cometen. Entiendo que
hoy la sociedad quiere espacios al aire libre, y debemos ofrecérselos,
pero no a cualquier costo. Desde Apevu (Asamblea Permanente
por los Espacios Verdes Urbanos), estamos proponiendo desde
hace años reconquistar los cientos de hectáreas
del ferrocarril que están en desuso para hacer nuevos
parques, con nuevos usos. Pero al patrimonio verde único
que tenemos, debemos protegerlo y frenar el deterioro.
-¿Hay un plan para la creación de nuevos espacios
verdes?
-Por el contrario; yo diría que hay un abandono de parte
de las autoridades estatales de la defensa de los espacios públicos
y una falta de reacción frente al acelerado deterioro
del ambiente urbano y de desprecio de los espacios verdes como
patrimonio cultural, lugar de encuentro y de relación
entre los ciudadanos. El déficit de espacios verdes es
del orden de las 2400 hectáreas en la ciudad de Buenos
Aires y de 8000 hectáreas en el Gran Buenos Aires.
-¿Por qué no se avanza con los terrenos del ferrocarril,
en Retiro?
-Por la especulación inmobiliaria. No es ningún
secreto que a Buenos Aires la hicieron más los inmobiliarios
que los funcionarios. Queremos que Retiro sea parque. Claro
que primero se tendría que hacer el pase de los terrenos
a la ciudad, llamar a un concurso multidisciplinario para elegir
la mejor propuesta acerca de qué hacer con esas hectáreas
vacantes.
-¿Cómo llegó a tener Buenos Aires, en
su momento, un patrimonio verde tanto o más importante
que el de París?
-Torcuato de Alvear era muy amigo del barón Haussmann,
intendente de París entre 1853 y 1870, y la persona que
fijó los parámetros sobre cómo hacer ciudades.
Alvear era muy consciente de lo que se había hecho en
París y a través de Haussmann nombró a
Eugène Courtois, que fue director de Paseos entre 1880
y 1890. Courtois estableció acá el modelo de jardín
público francés, hizo todas las plazas francesas
y plantó diez mil árboles. Después, en
1891, vino Charles Thays, cuya magnífica gestión
fue de 1891 a 1914. El trabajó no solamente en Buenos
Aires, sino en toda la Argentina. Fue una figura impresionante.
Hoy nosotros nos maravillamos porque vemos florecer los jacarandás
y los palos borrachos, sin saber que, en 1892, un señor
llamado Charles Thays recorrió a caballo todo el país
buscando las plantas y aclimatándolas, hizo el Jardín
Botánico de Buenos Aires y tantas otras maravillas...
-¿Está de acuerdo con el generalizado cerramiento
de las plazas?
-Yo estuve en contra de las rejas. Las veía como una
afrenta a la democracia. Pero hace algunos años fui quien
le dio la idea al entonces director de Paseos de la Ciudad,
de enrejar dos lugares: el mausoleo de Rivadavia, en plaza Once,
y el Obelisco. El tiempo me fue dando la razón y hoy
no hay prácticamente espacio público de la ciudad
que no esté cercado. Porque los dineros públicos
no se pueden utilizar en arreglar una plaza y ver que al otro
día esa plaza esté rota. Tenemos que asumir que
una parte de la sociedad es civilizada, pero no toda. Hay mucho
vandalismo. Nosotros, en el siglo XIX, tuvimos todas las plazas
enrejadas. El parque Lezama, por ejemplo, tenía un horario
distinto para hombres y para mujeres, o para gente que tenía
que tomar aire puro, por problemas de salud. Eso fue cambiando
y, finalmente, las plazas se abrieron al público.
-Hay gente que vive en las plazas porque no tiene otro lugar...
-Ninguno de nosotros puede decirle a una persona que no tiene
donde vivir que no viva en una plaza porque es un espacio público.
Pero sí está el derecho de exigir el cumplimiento
de ciertas normas. Yo viajé a Japón y fui a ver
cómo viven los homeless en los espacios públicos
del Japón. Los municipios les dan unas casillas, tipo
contenedores, que se colocan en lugares donde no alteran el
paisaje. Allí viven bastante dignamente, no como nuestros
linyeras, que están a la intemperie. Y esos homeless
se encargan de mantener la plaza, de barrerla y cuidarla, y
utilizan los baños públicos del lugar, con duchas
y una limpieza impresionante. Acá hacían carpas
debajo de los gomeros y la forma de solucionar el problema fue
cercar los árboles, cercar los monumentos y cercar, directamente,
toda la plaza. Me parece que sólo enrejarlo todo no es
una buena política.
-¿Qué opina del proyecto de modificación
de la Plaza de Mayo?
-Creo que las decisiones sobre el uso y las formas de los espacios
públicos no pueden ser decisiones unilaterales de un
jefe de gobierno y de su entorno, grupo transitorio en el poder,
sobre todo cuando de lo que se trata es del espacio público
físico y simbólico por excelencia de la Nación.
No se puede decidir unilateralmente de un día para el
otro qué hacer con un sitio tan cargado de significación.
Debería haber habido una discusión publica amplia
y participativa.
-¿Qué haría con la Plaza de Mayo?
-Llamaría a un concurso público realmente público,
y no sólo para arquitectos. Un espacio con una historia
común a toda la Argentina debe ser materia de opinión
y de debate de toda la sociedad, con el aporte multidisciplinario
de historiadores, sociólogos, arqueólogos, paisajistas.
-¿A qué se debe ese espíritu de refundación
que tenemos los argentinos, ese querer empezar siempre de cero?
-A que no hay conciencia ni tradición de programación,
de largo plazo. Cada nuevo funcionario juega a ser Dios. Thays
fue director de Paseos de 1891 a 1914. En ese período,
el país tuvo siete presidentes, once intendentes... y
un solo director de Paseos. Su programa tuvo continuidad y se
basó en una política de largo alcance. Pero el
problema de la Argentina no es sólo con las plazas y
los espacios verdes: es la falta de continuidad y de perseverancia,
que contamina todos los aspectos de nuestra vida en sociedad.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION