
Martes 21 de noviembre de 2006
Por la ciudad
Crecer sin olvidarse del barrio
Por Angeles Castro
Una ciudad que no crece termina siendo inviable. Una ciudad
que crece sin criterios mínimos de desarrollo sustentable
y armonía, también. En Buenos Aires, la construcción
de torres aumentó a un ritmo vertiginoso durante el último
año en los barrios de Villa Urquiza, Coghlan, Núñez,
Palermo, Villa Pueyrredón y Caballito. En algunos de
ellos, las superficies con permiso de obras para viviendas suman
este año el doble de las registradas en el mismo período
de 2005.
Explican los inversores la explosión por la amplia demanda
existente. Lo curioso es que históricamente la gente
ha elegido radicarse en esos barrios porque conservaban un paisaje
dominado por casas bajas, en el que los edificios habían
logrado insertarse sin alterar el ambiente vecinal.
Si la construcción de torres mantiene la tendencia actual,
dentro de diez años la fisonomía de aquellos barrios
aparecerá tan cambiada que habrá arrasado con
el carisma del que hoy se enorgullecen. ¿Habrá
sido ése el resultado esperado de la amplia demanda existente?
* * *
Un ejemplo de cómo puede mutar el paisaje urbano: los
vecinos de Villa Urquiza ven con inquietud cómo se extienden
las tapias que prenuncian inminentes demoliciones en la manzana
de Olazábal, Andonaegui, Blanco Encalada y Altolaguirre.
Desde la ochava de Blanco Encalada y Andonaegui cubren cuatro
casas contiguas sobre Andonaegui, incluida la del terreno que
hace esquina. Sobre Blanco Encalada sobrevive una heroica propiedad,
y le siguen otras dos casas ya tapiadas. Sobre Altolaguirre
crece un edificio allí donde antes había una casita
de estilo inglés.
Cuando todas hayan sido convertidas en modernos edificios,
la manzana habrá perdido la casona colonial que albergó
una residencia para mayores, la imponente casa gris que alegraban
dos ovejeros alemanes y la casa estilo inglés en la que
hubo un jardín maternal, entre otras. En su lugar habrá
una seguidilla de torres sin mayor identidad que "la de
la esquina" o "la de mitad de cuadra".
Sería absurdo plantear un freno a la construcción,
una actividad que marca el crecimiento económico de un
país golpeado por las crisis y que emplea a miles de
personas. Una ciudad necesita crecer.
Sí cabe, en cambio, exigir racionalidad y armonía;
las autoridades no deberían permitir que los operadores
se "ensañaran" con una veintena de manzanas
en un barrio de 300. Ni que concentraran sus emprendimientos
en sólo 10 de los 49 barrios porteños.
Por eso, la discusión abierta en los ámbitos
legislativo, académico e inmobiliario requiere que el
sentido común acompañe la revisión de los
códigos y las ecuaciones financieras. Porque, más
que al colapso de los servicios, la construcción de torres
conduce al fin del pintoresquismo que caracteriza el alma de
los barrios. Con equilibrio, la ciudad podrá crecer sin
perderlo.
acastro@lanacion.com.ar
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