Viernes 23 de junio de 2006
Editorial I
Intimación por el Riachuelo
Desde hace menos de una semana, los varios millones de personas
que padecen los efectos largamente nocivos de la secular contaminación
del Matanza-Riachuelo o que tienen conciencia del gravísimo
riesgo provocado por la subsistencia de esa situación
ignominiosa han recibido -por fin- una respuesta concreta por
sus razonables inquietudes y preocupaciones. La irresponsable
indolencia de las autoridades se ha visto sacudida por la positiva
intervención de la Corte Suprema de Justicia, que ha
suscripto la intimación a que en un plazo máximo
de treinta días sea elaborado y presentado el plan de
saneamiento de la citada cuenca hídrica.
No es poca cosa que el más alto tribunal de la Nación
se haya ocupado de esta cuestión en la cual están
en juego la salud pública, la calidad de vida y el futuro
de una vasta y poblada área formada por una porción
ribereña de nuestra ciudad y considerables porciones
de territorio de varios municipios bonaerenses. Es probable
que la severidad del dictamen emitido por los magistrados impida
las demoras, distracciones e indiferencias que desde hace muchísimos
años han venido abonando la insidiosa supervivencia de
una de las mayores fuentes de contaminación existentes
en el país.
Dicen los libros de historia que en épocas remotas era
factible bañarse y pescar en el curso fluvial cuyo origen
es ubicable allá por los pagos de La Matanza o, para
ser más precisos, por Cañuelas, General Las Heras
y Marcos Paz. Pero esa bonanza se extinguió a poco de
comenzado el siglo XIX, cuando la naciente industria de la salazón
de carne vacuna, asentada en sus orillas, empezó a utilizarlo
como vaciadero de sus desperdicios.
Ese fue, por cierto, el primer paso que conduciría al
Matanza-Riachuelo a convertirse en la cloaca a cielo abierto
de hoy en día. Más tarde, lo bordearon otras fábricas,
todavía más contaminantes, y en su desembocadura
fue instalado el polo petroquímico. Así fue como,
a la vista y paciencia de todos, y de los turistas en especial,
sus aguas, incoloras e inodoras por definición, se tornaron
entre verdosas y amarronadas, espesas, burbujeantes y malolientes.
El resto es harto conocido. El agravamiento paulatino corrió
parejo con las promesas incumplidas de gobernantes y funcionarios.
La cuenca infectada repartió por sus alrededores malestares
y no pocas enfermedades.
Hartos de esperar en vano, vecinos de Dock Sud, Wilde y Avellaneda
iniciaron la demanda contra el Estado nacional, la provincia
de Buenos Aires, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y
las 44 empresas que, según alegan, serían las
responsables de la contaminación. Aun a pesar de que
los demandantes no han presentado precisiones o pruebas acerca
de la magnitud del impacto ambiental, de más está
decir que sus quejas son harto justificadas y tienen el aval
de hechos concretos y comprobables a simple vista.
Según la Corte Suprema, aquellos tres niveles institucionales
deben presentar, en forma perentoria, el plan integrado de saneamiento
de la cuenca íntegra. Las empresas no han salido más
aliviadas: en el mismo lapso tendrán que rendir cuentas
de sus quehaceres informando cuál es la naturaleza de
los líquidos que vuelcan en el río, su volumen
y cantidad; cuáles son sus residuos de otras clases;
si tienen sistemas para tratarlos, y si han contratado seguros
acordes con lo dispuesto por la legislación vigente.
Es obvio que, tras más de un siglo de frustraciones,
no es cuestión de excederse en el entusiasmo. Este es
apenas un primerísimo paso: es la puesta en marcha de
complejos y pesados mecanismos que, por lo general, tienden
a trabarse con frecuencia. Pero se ha logrado que uno de los
poderes constitucionales repare en el daño que están
padeciendo millones de seres humanos indefensos y que, en caso
de que no se ponga punto final a la contaminación, también
habrán de padecer las próximas generaciones. Es
lógico, pues, el anhelo de que la Corte Suprema se erija
en guardiana de este proceso que apenas se ha iniciado y actúe
con toda severidad contra quienes, provengan de donde provinieren,
no hagan cuanto fuere necesario para que la cuenca Matanza-Riachuelo
sea saneada de una vez por todas y se convierta en el mal recuerdo
de una recurrente pesadilla social.
Link corto: http://www.lanacion.com.ar/817108