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Lunes 24 de octubre de 2005

Editorial II 
La Reserva continúa en peligro


Han llegado los primeros calores y con ellos han hecho su aparición madrugadora los fuegos que, de manera periódica y sostenida, amenazan la Reserva Ecológica y Parque de la Costanera Sur. Estas llamaradas, mal que nos pese, parecerían ser obra de manos fantasmales: que se sepa, jamás se han hecho públicos la identidad y el origen de alguno de los responsables de haber provocado los más de trescientos pequeños, medianos y grandes incendios ocurridos en esos terrenos ganados al río.

¡Pobre reserva! ¡Ni siquiera las disposiciones de la Constitución local han podido ponerla a salvo de los piromaníacos aficionados o profesionales! Nuestro documento institucional subraya en el capítulo cuarto -ambiente-, artículo 27, inciso 2, que la ciudad promueve "la preservación y restauración del patrimonio natural..."; en el 3, que promueve "la protección e incremento de los espacios públicos de acceso libre y gratuito, en particular la recuperación de las áreas costeras, y garantiza su uso común"; en el 4, que preserva e incrementa "los espacios verdes, las áreas forestadas y parquizadas, parques naturales y zonas de reserva ecológica...", y en el inciso 5, que, asimismo, se ocupa de "la protección de la fauna urbana y el respeto por su vida, controla su salubridad, evita la crueldad y controla su reproducción con métodos éticos".

Vistos esos puros formulismos, en la práctica vacíos de todo sentido, no queda otro remedio que reflexionar acerca de las cantidades de aves, reptiles y pequeños mamíferos que han sucumbido abrasados cada vez -la última hace menos de una semana- que las llamaradas han brotado como por arte de magia en los pastizales y arboledas de nuestra Reserva Ecológica.

Una criatura artificial, es cierto. Fruto de embancamiento y rellenado ex profeso con restos de pretéritas demoliciones, que tenía por meta un proyecto de megaurbanización expirado en los tableros de dibujo. Pero, sin duda, un regalo de la naturaleza que dotó a la despojada meseta resultante de fauna y flora propias de la costa bonaerense. Una reserva -o, si así se quiere, un parque natural-, tan sólo a diez minutos y escasa distancia de la Plaza de Mayo, admirada por porteños y turistas.

Siendo así, ¿por qué lo incendian y por qué no se lo preserva de tamaños vandalismos? La respuesta a este interrogante oscila, probablemente, entre la desidia habitual en nuestros organismos burocráticos y el exceso de interés de quienes interpretan -por otra parte, jamás lo han ocultado- que tamaña superficie no debería ser desperdiciada en empresas ecológicas, sino aprovechada para desarrollar jugosas operaciones inmobiliarias.

Bastaría, pues, esclarecer a fondo los intereses que se mueven entre las llamas para descubrir a quienes las provocan.

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/750238

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