Página 12 - 27 Feb 2004
Pulmón de Buenos Aires
La reserva, cada vez mas rica en variedad, atrae a ciclistas,
biólogos y ornitólogos.
Por Esteban Magnani
La Reserva Ecológica de la Costanera Sur tiene el valor
de lo inusual. A un costado de un transitado bosque de hormigón
y asfalto en el que lo más parecido a la biodiversidad
es la moda que siguen los seres humanos, se encuentra una hermosa
excepción de algo que antes era la regla: naturaleza en
estado puro; lo que para la Pampa significa cortaderas, coipos,
pájaros de todo tipo, humedales, ciénagas y demás.
En la Reserva viven los verdaderos descendientes de los porteños
originarios, los mismos que en el siglo XXI compiten por un espacio,
por la supervivencia.
En este rincón de Buenos Aires, que hasta hace 25 años
era dominio del río, se puede encontrar una buena expresión
de lo que era la Pampa antes de que llegaran los europeos, y permite
comprender cómo es que los primeros colonos murieron de
hambre en tierras que hoy podrían alimentar a millones.
La Reserva Ecológica Costanera Sur es también un
ejemplo de la fuerza de la naturaleza para sobrevivir en cuanto
se le da un espacio y del esfuerzo que debe hacer el hombre para
no alterar su equilibrio (ver recuadro).
De porteños originarios
El área de Costanera Sur tiene una historia porteña
bastante conocida. Tomemos como punto de partida la inauguración
del Balneario Municipal en 1918, época en la que se transformó
en un lugar de paseo y exhibición de la burguesía
porteña, con sus confiterías paquetas y su fresco
viento ribereño. Fotos de época dan testimonio de
paseantes de sombrero y bañistas de malla enteriza, remojando
su calor en las aguas del Río de la Plata. Como era de
esperar, los hombres chapuceaban separados de las mujeres por
un espigón, como obligaba el reglamento. De cualquier manera,
la costumbre del baño se fue erradicando en la medida en
que la industria del sur del conurbano comenzó a utilizar
el río más ancho del mundo como desaguadero de sus
desperdicios. A fines de 1950, la Costanera Sur decayó
inevitablemente.
El lugar quedó prácticamente abandonado hasta 1978,
cuando los camiones comenzaron a traer los escombros que dejaba
la nueva autopista en su avance. Así alimentados, crecieron
los terraplenes que encerraron el agua en gigantescos piletones
que también se rellenaban, sobre todo con los restos del
dragado del río. La intención de las uniformadas
autoridades de entonces era crear un centro administrativo y espacios
verdes.
El plan, como tantos otros ideados por los militares, no prosperó
y el proyecto quedó a la deriva, aunque se siguieron tirando
escombros en forma intermitente hasta 1984. Fue la naturaleza
la que tomó la posta y comenzó a construir sobre
los escombros muertos, e hizo lo que mejor sabe hacer: reproducir
la vida.
Es que la ubicación de la Reserva Ecológica la hace
una estación privilegiada para los animales que vienen
a la deriva por el Paraná. En las sucesivas inundaciones,
especialmente en las de 1986 y 1992, miles de plantas y animales
viajaron en camalotes, como improvisadas arcas, y recalaron en
este trozo de tierra. Así fue que se juntaron especies
típicas de toda la cuenca del Paraná, antiguas habitantes
de estas tierras que los recién llegados, los porteños
modernos, nunca habían visto. Es el caso de las cortaderas,
nombre de los “penachos” que se encuentran por todos
lados en la Reserva y que explican que la Pampa sólo tuviera
el ombú, ya que por la velocidad con la que crece y la
fuerza de sus raíces, prácticamente no deja espacio
a retoños de ninguna especie en su área de influencia.
“Cuando se empieza a desarrollar la naturaleza, por el ‘83,
‘84, se empieza a acercar mucha gente para aprovechar que
era el único contacto que tenía con el río;
y también muchas ONG”, cuenta Gustavo Russo, uno
de los baqueanos que trabaja en la Reserva. El paisaje cada vez
más rico en variedad comenzó a atraer a aerobistas,
ciclistas e incluso a ornitólogos, que tenían la
posibilidad, a tiro de colectivo, de ver una gran variedad de
aves autóctonas. En 1986, el viejo Concejo Deliberante
finalmente votó por la protección del área.
Con el desarrollo del proyecto inmobiliario de Puerto Madero en
la zona que rodea la Reserva, llegarían los piromaníacos,
en general menores, a los que se les daban unos pesos por tirar
un poco de nafta y un fósforo. Las cortaderas hacían
el resto. Cuenta Russo que “entre 1986 y 1992 teníamos
unos 4 incendios semanales; en todos los años siguientes
sólo 36 anuales”, gracias a que ahora cuentan con
equipos y cámaras para prevención. Por suerte, la
recuperación de las partes incendiadas es generalmente
rápida: “La cortadera se quema muy rápido,
pero tiene una raíz muy fuerte. Si alguien va ahora a ver
cómo está lo que se incendió hace un par
de meses, encuentra que ya está todo cubierto de nuevo”.
Actualmente, la Reserva, con sus 353 hectáreas de terreno,
es uno de los tres pulmones de la ciudad y más de 1/3 del
total de espacios verdes porteños. Además está
por incorporar unas 17 hectáreas más que pertenecían
a la empresa que construía las autopistas y sobre las que
“la naturaleza ya ha comenzado a avanzar. Estamos viendo
qué hacemos con las construcciones de hormigón que
hay junto con varias organizaciones, los vecinos autoconvocados
y la UBA”, cuenta el coordinador general de la Reserva,
Alberto Olveira.
Nota:
cuando dice "los vecinos autoconvocados" se refiere
a nuestra Asociación Civil Por la Reserva Vecinos Autoconvocados.
En tierras indias
La fauna porteña que habita este ecosistema se puede
visitar todos los días. Además de las especies,
el aroma que se respira, las vistas, especialmente las nocturnas,
dan una paz que no suele estar accesible del otro lado de la entrada.
Las iguanas se cruzan sin problema cuando hay poca gente y en
el agua hay patos, gallaretas y mucho más. Las lagunas
no están conectadas directamente con el río, por
lo que su caudal varía mucho según la época
del año y el paisaje cambia con las estaciones.
Es, básicamente, lo que encontró, por ejemplo, Don
Pedro de Mendoza, al tocar tierras indias en 1538, cuando fundó
el Puerto de Nuestra Señora de Santa María del Buen
Ayre, excepto por algunas especies que llegaron justamente con
los colonizadores. En realidad lo de tocar tierras indias es una
forma de decir, ya que lo que caracterizaba el área, al
igual que la Reserva, eran los bañados, las ciénagas:
el barro.
El Buenos Aires de aquel entonces no estaba muy bien preparado
para el turismo. Las cortaderas cortaban –justamente–
la visión, dificultaban el paso y hacían que se
perdieran expediciones que no encontraban puntos de referencia.
Para colmo, de su interior saltaban los “tigres” (como
llamaban los españoles a los numerosos pumas) y nada había
para comer. Después de haber recorrido miles de kilómetros
con la promesa de enormes riquezas, era evidente que el lugar
no era ideal para unas vacaciones.
Por si esto fuera poco, los malos tratos a los indios terminaron
con un sitio a la fortaleza de la primera Buenos Aires que obligó
a los españoles a comer lo que hubiera a mano, incluso
españoles, al decir de la crónica del alemán
Ulrico Schmidl, quien se encontraba entre los sitiados. Tras este
y otros enfrentamientos, el asentamiento fue finalmente abandonado.
Sólo quedaron algunas vacas y caballos que hicieron su
camino natural y se reprodujeron en cantidad. Prueba de ello es
que en el tiempo que lleva a la segunda fundación, 40 años,
los indios ya había aprendido a cabalgar y a cuidar de
sus caballos. “Acá, los chicos pueden recrear la
situación de un grupo de colonizadores al llegar a un lugar
absolutamente desconocido. Una incursión de un grupo en
medio de esos pastizales descubría yararás, pumas,
hambre, pantanos... Obviamente de esa incursión volvían
dos”, describe Olveira, aunque aclara que de las excursiones
escolares siempre vuelven todos.
Ver para creer
En definitiva, más importante que las palabras, es vivir
la Reserva como cualquier otro espacio, como lo hacen miles de
chicos de escuelas porteñas y vecinos que tienen así
una oportunidad de otra manera vedada por la urbe. Allí
encuentran la Buenos Aires del pasado y la diversidad natural.
“Los de Parques Nacionales no lo pueden creer. Ellos en
el sur ven un cisne de cuello negro cada tanto y nosotros acá
tenemos cientos”, se ufana Russo. Aquí nomás.
La Reserva Ecológica ofrece visitas guiadas diurnas para
escuelas y público en general los fines de semana, y nocturnas
cuando hay luna llena. Todas son gratuitas. Para obtener más
información: 4315-1320/4129 o al 0800-4445343.
Especie en invasión
No todo es fácil en la supervivencia de este paisaje bucólico.
El peligro proviene de la cercanía de la ciudad y las necesidades
que ella le impone a la naturaleza. A los miles de visitantes
cotidianos, hay que agregar la colonización de Puerto Madero,
que está aumentando el número de vecinos humanos
de los patos capuchinos y los caraos. Se calcula que la Reserva
puede aceptar un número limitado de visitantes diarios
sin acusar impacto, aunque no existen estudios técnicos
que den un número cerrado. “La gente de la UBA hizo
muchos estudios en la zona. Ahora estamos intentando recopilarlos”,
explica Olveira, y sigue: “Para las costumbres habituales
de los porteños, aquí hay un buen comportamiento,
mucho más cuidadoso, más consciente”.
“Hoy tenemos ciclistas, aerobistas, gente que viene a tomar
mate. Otros están involucrados en la ecología. Pero
el tema es que es una Reserva urbana ubicada en una zona en crecimiento,
rodeada de gente y tiene un rol recreativo importante. Hoy en
Costanera Sur hay gente de toda la ciudad y del conurbano. En
un fin de semana vienen 60 mil personas. Es gratis: la gente entra
a ver qué hay”, cuenta Russo. La diversidad de intereses
y expectativas trae a veces algunos conflictos.
Hay otros riesgos planteados por la urbanización. La
contaminación sonora va quitando tranquilidad a los animales.
También resulta incierto el efecto que tendrán las
torres –una de ellas ya terminada– que hay frente
a la Reserva. “Para construir, se hacen los estudios de
impacto que obliga la ley, pero no sabemos si la contaminación
lumínica de estos edificios y los que vienen atrás
se va a sentir. Algunos grupos ambientalistas dicen, por ejemplo,
que va a afectar mucho la vida de los animales nocturnos. Por
lo pronto, a las 5.30 de la tarde, en el camino de los plumerillos,
ya no pega el sol”, explica Russo. Eso por no hablar de
la contaminación visual que provocan. “Al parecer,
quienes tienen dinero para pagar por una buena vista, no les molesta
arruinar la de los demás”, comentó un visitante
que viene a la Reserva desde hace años.
También hubo proyectos de náutica en las lagunas.
“Son proyectos que te dejan plata hoy, pero te arruinan
más adelante. Como diría un jefe indio:
esto es lo que van a heredar nuestros hijos”, reflexiona
Olveira.
Gestión participativa
La Reserva no tiene estructura propia sino que su personal depende
de la Secretaría de Medio Ambiente. Se maneja con un modelo
participativo de gestión en el que las decisiones se toman
por un Consejo de Gestión Consultivo formado por tres ONG,
la UBA y un coordinador general designado por el Gobierno de la
Ciudad, un sistema que se está modificando para dar mayor
rotación a la ONG.
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