Reserva Ecológica
Costanera Sur
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LIBRO DE VISITAS

 

Lunes 23 de diciembre de 2002 Año VII N° 2452

LA CIUDAD: LAS RECORRIDAS SON GUIADAS Y GRATUITAS

 

Una visita diferente por la Reserva Ecológica, bajo la luz de la Luna

El paseo dura 3 horas. La gente se va internando en la naturaleza hasta que el canto de los grillos y las ranas tapan por completo los de la ciudad. En la oscuridad se distinguen muchos animales.

 

Victoria Tatti. DE LA REDACCION DE CLARIN.


El cielo está nublado. Las luces de la ciudad rebotan en nubes densas, oscuras, de tormenta, y la noche se vuelve clara. El calendario cumplió: hay luna llena. Y es tiempo de un paseo diferente: visitar -ahora, en plena noche- la Reserva Ecológica de la Costanera sur.

Cuarenta personas -entre fanáticos de la naturaleza, universitarios, gente mayor y profesionales- están listas para descubrir el lugar durante tres horas. A la altura de la calle Brasil está el punto de partida. Valeria y Sergio, los guías, dan los últimos consejos: no olvidar el repelente y no separarse del grupo.

La gente ingresa por el Camino de Los Lagartos. Los contrastes entre la naturaleza que se adivina y la ciudad son visibles desde los primeros pasos. A los 200 metros, cuando todavía acompañan lejanos algunos bocinazos, a los lados del sendero hay ceibos y tipas. Y dos grandes lagunas: a la izquierda, la de los Coipos. A la derecha, la de los Patos. La silueta iluminada de los edificios se refleja en el agua.

Primera parada. Los visitantes disfrutan, y lo dicen, de un paisaje que difícilmente llega a intuirse desde el tan cercano centro porteño. Los guías ven en la oscuridad animales y plantas. Los señalan. "Ahí pueden ver un coipo (una especie de nutria)", dicen. "Allí, sobre esas piedras". De entrada, nadie ve nada. Hasta que un señora grita: "Ahí". Y señala un manchón negro en la laguna. Los ojos se van acostumbrando a la oscuridad y comienzan a descubrir la vida animal: tortugas de laguna, patos siriríes, gavilanes.

En la primera hora de caminata por el pulmón verde más grande de los porteños, el único natural con 350 hectáreas, la ciudad no termina de irse. Falta por lo menos media hora para poder acercarse más a la naturaleza. A la altura de la calle Belgrano, sobre la Costanera, un recuerdo del antiguo balneario de Buenos Aires.

No es hora de descanso pero algunos visitantes se sientan sobre el pasto, al costado del camino. Están rodeados de árboles, y del olor de vegetación que no conocen. Las mochilas de los guías llevan sorpresas. "¿Cómo se distinguen a los patos de las gallaretas?". La gallareta tiene patas sin membranas, igual a la que Sergio muestra embalsamada. En el menú de patas que llevan encima hay una de coipos, que recibe un "no, gracias", de Macarena, una estudiante que no se anima a tocarlas.

Un poco más adelante, a 100 metros, empieza el Camino del Medio que parte la reserva en dos. Es constante el sonido de los grillos y las ranas. Por consejo de los guías la gente se concentra para oír mejor. Así comprueban que la ciudad no está más. El recorrido se mete hacia el Río de la Plata, que cada vez se siente más cerca. En la Laguna de las Gaviotas hay gallaretas durmiendo. Ya no hay árboles. Sólo arbustos y algunos sauces. Alguien pregunta por qué el cielo está tan claro. Es la luz de la ciudad que pega en las nubes e ilumina la Reserva. Se escuchan aves, y algunos relámpagos. La gente disfruta y se queda en los miradores.

La caminata sigue sobre el camino central, uno de los más soleados durante el día. El grupo se dispersa. Cada uno camina a su ritmo, pero nadie quiere perderse ningún descubrimiento, como los cisnes. A la izquierda se abre un sendero hacia el Bosque de los Alisos. Está rodeado de cortaderas, algunas de hasta tres metros, que es necesario esquivar para poder avanzar. Muchos quieren disfrutar del silencio, y lo piden. Ya dentro del bosque no se ve nada, y la única guía para avanzar es la espalda del que va delante. Algunos se detienen para tocar las plantas y descubrir su textura. Hace más calor que en el camino y el ambiente es muy húmedo. Sólo se oyen pisadas. Entre las ramas, un hueco de luz en medio de la oscuridad. Sigue caminando la gente entre troncos caídos de alisos de entre 6 y 8 metros de altura. Falta poco para el final de la visita. El recorrido del bosque termina, y un atajo lleva hacia el río. Es medianoche, y el fin de una recorrida diferente. En medio de la naturaleza, a pocos pasos del cemento de la ciudad.

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