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La ciudad necesita espacios verdes con mayor diversidad autóctona

Por Carolina Salem Bersais    Analista Ecológica

Lo exótico, lo importado, lo costoso... ¿Realmente creemos que es lo mejor y lo mas colorido, lo más atractivo y lo mas sano? Esta tan arraigada en la sociedad esa idea y costumbre de otorgarle mayor valor a lo que proviene de otros lugares que se ha traslado hasta en la naturaleza; y resta para comprobarlo observar jardines, parques, plazas, cercos o balcones de Buenos Aires (región Este-central), donde del total de árboles y plantas que actualmente hay en la ciudad el 90 % aproximadamente corresponde a vegetación exótica o introducida (Rosa mosqueta, Fresno europeo, Sauce llorón, Paraíso, Plátano, Eucalipto, Arce, Bambú, Ricino, Madreselva, Zarzamora, entre otras especies). Flora, que domina el paisaje en comparación con la flora nativa.

Para comprender porque se hace mención a la flora autóctona primero es importante saber que lo apropiado es hablar de regiones y no de países cuando del lugar original de las especies se trata, pues, las plantas, animales e insectos no se rigen por fronteras establecidas por los seres humanos, sino que, lo hacen según las adaptaciones que la naturaleza les otorgo al nacer, como el clima y los regímenes de lluvia, la luz, la sombra, los nutrientes del suelo, el relieve y la temperatura. Así, los diversos ecosistemas son el hábitat de especies que viven armónicamente y que crecen lo suficiente y a la vez sirven de alimento y/o refugio a otras especies de aves, insectos y animales. Asimismo, en la ciudad hay especies que si bien son de Argentina, no pertenecen esta región y se las denomina alóctonas, tal es el caso de la Tipa y el Jacarandá (del noroeste argentino pero se observa en Buenos Aires). Cabe aclarar que hay regiones que comparten especies. También los humanos debemos adaptarnos para convivir y alimentarnos en lugares que nos brinden las condiciones óptimas. Cada organismo interactúa con el medio que lo rodea: así como los seres humanos nos alimentamos de mamíferos, aves, plantas, peces, etcétera; las plantas tienen predadores que se alimentan de sus hojas (mamíferos, insectos como hormigas, pulgones, chinches, orugas, langostas, etcétera.), de sus semillas (aves, mamíferos e insectos como gorgojos y orugas), de sus flores y de sus frutos. Además son reguladas por el ataque de hongos, virus y bacterias, no obstante la planta no muere ya que, también existen otros seres que se alimentan de ellos. Es así, que la naturaleza convive en un equilibrio dinámico. En cambio, las especies introducidas o exóticas no cuentan aquí con sus reguladores naturales y sí en su lugar de origen, por lo tanto nuestra fauna las desconoce como alimento o refugio y por eso generalmente esas plantas no son atacadas ni controladas.
Entonces, se reproducen y dispersan compitiendo deslealmente con las especies autóctonas por la luz, el agua y los nutrientes. De esta manera van desplazando a la flora regional que sí tiene su fauna asociada que la controla. Por ende, sucede en ocasiones que las especies foráneas se convierten en plaga (Ligustro, Ligustrina, Plátano y Paraíso) o resultan tóxicas aquí, empobreciendo el ambiente y alterándolo. Por todo eso, los árboles y plantas nativos corren en desventaja dentro de su propio territorio. Obviamente, sucede igual con nuestras especies cuando son introducidas en otras partes del mundo.

Hace miles de años se podía vivir en unidad con la naturaleza y se respetaba más, pues se conocía más. Es necesario la conservación de la flora autóctona y para argumentar coherentemente su defensa y promoción, la actividad esencial es la educación dirigida a las autoridades del gobierno, de la industria y de organizaciones privadas, de los ciudadanos y por supuesto de los chicos, ya sea a través de la educación formal o no formal.
Hace mas de veinte años que el actual jefe de sección de protección ambiental y educación conservacionista del Museo Argentino de ciencias naturales Bernardino Rivadavia, Ricardo Barbetti, recorre espacios naturales ribereños que han sobrevivido a los rellenos y construcciones y que albergan vegetación propia de la región. Así es que, Barbetti buscó proteger estos relictos de naturaleza e impulsó la tarea de divulgación a través de conferencias, charlas y publicaciones a favor de la flora autóctona. El especialista sostiene que si bien, toda vegetación independientemente de su origen, posee valor ya que, purifica el aire, sirve de alimento y refugio a los animales, frena vientos, retiene el polvo, permite el funcionamiento normal de ríos, napas subterráneas y del clima, ayuda a la regeneración y protección del suelo, brinda sombra y sirve de ornamentación, las especies silvestres son mas útiles que las exóticas, pues son más eficaces. Agrega que "es evidente que a esos valores va unida la sensación de bienestar y plenitud que da el saber que las cosas funcionan bien". Y comenta acerca del valor psíquico que resulta de presenciar y comprender el funcionamiento de la naturaleza: la polinización cruzada auxiliada por insectos y pájaros, el transporte de semillas adheridas a los animales o tragadas con frutos que tras las deyecciones se dispersan resultando nuevos individuos, los perfumes y colores con que las flores atraen a los insectos y los venenos y sustancias malolientes con que las plantas se defienden.

Se debería crear el interés pertinente mediante la enseñanza, la publicidad y la promoción de ideas que apoyen el cuidado y cultivo de especies nativas y guíen la sensibilidad de la gente hacia el órden natural.
Precisamente en ese camino, se encuentra Gustavo Aparicio, un joven naturalista dedicado al tema desde hace años que realiza visitas guiadas por las reservas Costanera Sur, Ribera norte (San Isidro), Otamendi y Esteros del Ibera (Corrientes). Alumnos de numerosos colegios privados y públicos y ciudadanos en general visitan estos refugios naturales de biodiversidad y disfrutan de las guiadas y talleres. El objetivo es estimularlos e interesarlos a través del contacto directo con plantas y animales. Al observar la naturaleza descubren interacciones entre los seres vivos que de otra manera resultaban indiferentes para ellos. También se ve como el exceso de información a menudo los confunde en cuanto a los problemas ambientales, por lo tanto, relata el guía, es habitual que les llame la atención la posibilidad de ver, oler o tocar, según el caso, la vegetación asociada a su fauna, (coypos, mariposas, colibríes, orugas, búhos, garzas y picaflores, etcétera). Además se les explica como seleccionar semillas para luego sembrarlas y plantar en sus casas. Se advierte que quienes provienen de zonas rurales, al estar mas relacionados con la naturaleza cuentan con mayor conocimiento.
Afortunadamente estos talleres y visitas guiadas son cada vez más demandados por la población.

¿Que podemos hacer?

Respetar las áreas naturales que ya existen. Al edificar, no extraer árboles ya asentados desde hace años, pues tardan en crecer.


Diseñar jardines, canteros, viveros o parques de especies autóctonas. En la Reserva de la Ribera Norte de San Isidro funciona un vivero de flora autóctona desde hace casi cuatro años.

Preservar semillas de arbustos y árboles para plantarlos según sus características en calles, jardines o balcones.

En lo posible no utilizar insecticidas. Las especies autóctonas conviven en armonía y no lo necesitan.

Leer bibliografía recomendada y asesorarse sobre qué especies conviene plantar en cada región.

Difundir el tema a través de los diversos medios de comunicación.

Todos necesitamos del contacto con lo silvestre y la prueba esta en que apenas asoman los fines de semana los porteños atravesamos distancias considerables para respirar aire puro y recrearnos en torno a los espacios verdes. Según Barbetti el aprecio por la flora determina su conservación y éste es un camino indirecto y válido para ampliar la superficie cultivada de plantas nativas.
Es común que los paisajistas diseñen parques y jardines bajo criterios de forma, color o floración según la época del año, pero bajo esos mismos criterios podrían valerse en cuanto a las plantas autóctonas. Sucede que generalmente los viveros no ofrecen variedad de estas especies, sino que, venden especies europeas, asiáticas o nórdicas y entonces las especies propias de la región pasan desapercibidas en el momento de diseñar un nuevo espacio.

Especies

No recomendadas: Las siguientes especies se reproducen demasiado e invaden parques: Acacia negra, Alamo (Europa), Bambú (Australia), Fresno (América del Norte), Ligustro y Ligustrina, Gomero y Paraíso (todos de Asia), Plátano (Europa, produce alergia y sus hojas tapan los desagües), entre otros.
Recomendadas: Entre aquellas especies que pertenecen a la región se pueden citar árboles como la Anacahuita, Curupí, Ingá, Chañar (con flores amarillas y frutos comestibles con flores naranjas), Laurel criollo, Ombú, Pindó, Coronillo (muy colorido y amenazado; es el único alimento de la oruga de la mariposa argentina), Sauce criollo, Seibo, Sen del campo, Tala, Timbó; arbustos como Carqueja, Chilca y Tuna (para barrancas y lugares soleados); epífitas como el Clavel del aire, Barba del monte y Helecho trepador y hierbas como Begonia, Verbena, Petunia, etcétera. En el caso de la palmera Pindó, si bien es frecuente verla por la ciudad, es un problema, ya que no es cultivada, sino que, la extraen de la selva misionera.

Los debates sobre si es esencial o no contar con espacios verdes nativos dentro de la ciudad son antagónicos ya que aseveran, quienes están implicados en planificación urbana tradicional, que los asentamientos humanos son construidos exclusivamente para el hombre. Por supuesto que la prioridad debe ser el hombre, pero se puede convivir, respetando y disfrutando de la naturaleza en función de los beneficios que nos brinda y solo se respeta aquello que se conoce y comprende. Hay fauna que por supuesto no podría desplazarse por la ciudad, pero se puede disfrutar y estar mas ligados a una mayor diversidad y colorido en torno a nuestra vida diaria, beneficios que solemos buscar en los espacios verdes

 

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